Recuerdos del Mar Báltico

Cuando volví de mi primera campaña en el Mar Báltico con la Fundación Oceana, recuerdo que le comenté a un amigo: “Si existiera un infierno de los buceadores, estaría en el Báltico”. Ahora solo lo pienso a ratos.

Desde luego, no es un destino habitual para un fotógrafo submarino, ni siquiera para un profesional, que irremediablemente tiene cierta querencia por bucear en mares que hayan sido poco fotografiados. Seguramente nunca me habría sumergido en sus aguas si no llega a ser porque formé parte del equipo de trabajo que Oceana Europe envió allí para su primera campaña al Mar Báltico en abril de 2011. Todos tenemos inmersiones que quedan grabadas en nuestra memoria y mi primera inmersión de esa campaña fue para mi una de ellas: 40 minutos en un agua verde a 3ºC de temperatura y menos de 5 metros de visibilidad. De aquel día recuerdo vívidamente dos cosas; la primera de ellas, el dolor en las manos al salir del agua y la sensación de que eran dos apéndices de madera añadidos a mis brazos. Incluso asusta un poco, aunque sea la consecuencia lógica de meter en agua a esa temperatura a un buceador canario con guantes húmedos, aunque estos sean gordos. Lo otro que recuerdo es la desesperación, en medio del frió punzante, por encontrar algún animal que fotografiar para justificar mi sueldo.

Los dos peces que fotografié, un Shorthorn sculpin y un butterfish (lo siento, ninguno tiene nombre en español), me parecieron muy poca cosa, aunque entonces ignoraba que habría inmersiones peores en todos los aspectos, como una de 50 minutos a 2ºC y con una visibilidad a juego con la temperatura, en la que no conseguimos encontrar ni un solo pez. Cuatro buceadores dejándose los ojos durante casi una hora para no ver otra cosa que rocas cubiertas de mejillones minúsculos… así es el Mar Báltico en su parte central. Lo que sí mejoró es mi tolerancia al frío y nunca volví a sentirme como en la primera inmersión; frío pasé en todas, pero al menos no tenía la sensación de que se me iban a caer las manos, ni siquiera cuando buceamos en Finlandia bajo la banquisa helada y el termómetro del ordenador marcó -2ºC. Bucear bajo el hielo, y también navegar a través de él, fue de las mejores experiencias de esta primera campaña. No cabe duda de que ese desierto blanco tiene una belleza muy particular, al menos visto desde la comodidad de un barco.

Antes de que preguntes: no, no es una cucaracha de mar. Es un isópodo, pero muy gordo

¡Bubbling reef! Esto sí que mola... pena de agua

A esta primera campaña siguieron otras tres en diversas zonas del Báltico: la segunda fue similar a la primera, aunque con más buceos en la zona del Kattegat, más próxima al Atlántico. A medida que te vas acercando al océano, el paisaje submarino y sus habitantes van cambiando, hasta que acaban pareciendo dos lugares en distintos continentes; en el helado Golfo de Botnia, casi parece que estás buceando en un lago, sin ninguna corriente, con agua salobre y especies comunes en ríos, mientras que en el Kattegat la corriente a veces es fuerte, con una temperatura más suave y fauna típica del Atlántico Norte: algas laminarias, estrellas y erizos de mar, nudibranquios y mucha más abundancia de peces. Vamos, que no hay color. Fue también en la segunda campaña cuando buceamos, tras no pocos esfuerzos para conseguir localizarlos, en los Bubbling Reefs. Unas curiosas formaciones a modo de chimeneas formadas por carbonatos producidos por la oxidación anaeróbica del metano que mana del lecho marino a modo de burbujas (De ahí lo de bubbling). Estas formaciones, algunas de 5m de altura, me parecieron francamente bonitas gracias a las anémonas plumosas que cubren los más grandes; lástima que la visibilidad ese día fuera tan infernal como la mayor parte de los días. Definitivamente, no es un mar para hacer escenarios amplios con un ojo de pez.

Un "striped seasnail" jovencito ¿No está para comérselo?

El lumpo, otro de esos peces que caen bien de entrada

La tercera campaña no la hicimos embarcados como las dos primeras y en su lugar nos desplazamos por carretera de un país a otro; fue dura en el aspecto logístico, con muchas horas de carretera y de trabajo para poder ir al agua, pero a cambio me permitió conocer mucho mejor alguno de los países que rodean este mar y sus gentes, lo cual es una experiencia totalmente recomendable. También fue en esta campaña donde hice la que, hasta hoy, tiene el dudoso honor de ser la “peor inmersión de mi vida”. Se trataba de localizar unos arrecifes, formados probablemente por playas fósiles, que debían encontrarse a unos centenares de metros de la orilla en la costa central de Dinamarca. Tras encontrar un lugar por el que poder acceder al agua, nadamos y nadamos por un fondo plano en dirección a mar abierta sin casi ganar profundidad; el oleaje iba aumentando a medida que perdíamos el resguardo de la costa y empezaba a zarandearnos de un lado a otro varios metros, sin que hubiera rastro de arrecifes. Ese es el punto donde lo razonable es dar media vuelta, pero que en mi caso suele ser el de “Mi honra está en juego y de aquí no me muevo”, así que seguimos adelante un buen rato para, heroicamente, no encontrar nada y tener que pegarnos una muy respetable nadada de vuelta. Llegué a la orilla cansado, mareado, asqueado y sin fotos. No se cuál de las cuatro cosas me dolió más.

Sexo entre copépodos: lo más animado del Báltico

Perseguir platijas; todo un clásico en estos fondos

Naturalmente, el buceo en el Báltico son muchas más cosas y no todas negativas: he  buceado en costas muy bellas, a veces con el mar en calma absoluta, y he disfrutado viendo lumpos, bacalaos, grandes peces planos y toda una fauna que no conocía. Los mares fríos también existen y vale la pena experimentarlos de vez en cuando. Eso sí, en mayo me voy a Malapascua, que está el agua a 28ºC.

Posted by Carlos Minguell

Fotógrafo submarino profesional

Deja un comentario